Ludwig von Mises advirtió que la separación entre los derechos políticos y los derechos económicos es una peligrosa ilusión moderna. Si el Estado controla los medios de producción y nuestros ingresos, la capacidad de disentir y ejercer el libre albedrío desaparece. La libertad es indivisible
En el debate público contemporáneo, es sumamente común escuchar a intelectuales y políticos defender la necesidad de sacrificar ciertas libertades económicas en aras de proteger la llamada libertad política o los derechos sociales. Sin embargo, el brillante economista de la Escuela Austriaca, Ludwig von Mises, demostró de forma concluyente que esta separación es una de las falacias más peligrosas de nuestro tiempo. En su vasta y rigurosa obra, dejó sumamente claro que la libertad económica no es un mero accesorio prescindible, sino el requisito fundamental para que pueda existir cualquier tipo de autonomía individual o libre albedrío en la sociedad.
Cuando el Estado interviene agresivamente en la economía, asumiendo el control de los medios de producción o regulando excesivamente el mercado laboral, concentra un poder de coacción inmenso sobre la vida diaria de los ciudadanos. Mises nos advertía que si el gobierno es el único empleador, el único proveedor de alimentos o quien dicta arbitrariamente qué podemos consumir y a qué precio, la libertad política se convierte en una simple quimera. ¿Cómo puede un individuo atreverse a votar en contra del régimen o criticar abiertamente a sus gobernantes si de ellos depende su propia supervivencia física y la de su familia?
El socialismo y el intervencionismo asfixiante aniquilan el libre albedrío porque destruyen la independencia material de las personas. La genuina libertad humana radica en la capacidad de tomar decisiones no coaccionadas, de elegir nuestra vocación, de emprender proyectos propios y de asociarnos pacíficamente a través del libre intercambio. Todo esto solo es posible bajo un sistema fundamentado en el respeto irrestricto a la propiedad privada. Al poseer un patrimonio propio, por muy modesto que sea, el ciudadano construye una fortaleza inexpugnable que lo protege de los dictámenes y la tiranía del poder político de turno.
La historia del siglo XX respaldó trágicamente las lúcidas advertencias de Mises. Todos los regímenes que intentaron abolir el mercado libre, bajo la falsa promesa de mayor igualdad, terminaron inevitablemente suprimiendo la libertad de expresión, encarcelando a los disidentes y estableciendo feroces dictaduras totalitarias. El verdadero progreso civilizatorio requiere comprender que el individuo debe conservar la soberanía absoluta sobre su propio esfuerzo. Defender el cálculo económico y el capitalismo de libre mercado es, en última instancia, defender la base material que hace posible la existencia del libre albedrío y la disensión democrática.

LA LIBERTAD ES INDIVISIBLE Y REQUIERE PROPIEDAD.
Olvidar las enseñanzas de Mises nos empuja lentamente hacia la servidumbre. No podemos permitir que el avance del estatismo destruya nuestra autonomía bajo la falsa premisa del bienestar colectivo. Es imperativo que defendamos la libertad económica con la misma ferocidad con la que protegemos nuestra libertad de expresión, ya que ambas son indivisibles. Solo exigiendo un Estado limitado, rechazando el control gubernamental sobre el mercado y protegiendo tenazmente la propiedad privada, podremos garantizar un futuro donde nuestro libre albedrío no sea aplastado por el poder.




