Así te cobran la bencina en Chile

Lectura Obligatoria

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El precio de la bencina en Chile no es lo que parece. Lo que pagas cada vez que llenas el estanque no depende solo del petróleo internacional, sino de una estructura cargada de impuestos, ajustes y decisiones políticas que la mayoría de las personas simplemente desconoce.

Para entenderlo, hay que partir por lo básico: el precio final del combustible se compone de tres grandes elementos. Primero, el precio internacional del petróleo, que se transa principalmente en mercados como el Golfo de Estados Unidos. Segundo, el tipo de cambio, es decir, el valor del dólar frente al peso chileno. Y tercero —y aquí está la clave— los impuestos y mecanismos estatales que encarecen el precio final.

En Chile existe un impuesto específico a los combustibles que es fijo y considerable. Este equivale aproximadamente a 6 UTM por metro cúbico, lo que se traduce en cerca de 280 pesos por litro. A eso se le suma el IVA del 19%, que se aplica sobre el precio total, incluyendo el propio impuesto específico. Es decir, pagas impuesto sobre impuesto. Pero eso no es todo.

También está el MEPCO, el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles. Este sistema ajusta cada 21 días un componente variable del impuesto. Cuando el precio internacional sube, el Estado baja este componente para que el alza no sea tan brusca. Y cuando el precio baja, lo sube para recuperar recaudación. En simple: no elimina el problema, solo lo administra.

En la práctica, esto significa que el precio nunca refleja completamente las caídas del petróleo, pero sí absorbe rápidamente las alzas. Es un sistema diseñado para estabilizar… pero también para asegurar ingresos fiscales constantes.

Desde una mirada libertaria, el problema es evidente. El Estado no solo interviene en el precio, sino que además se financia directamente del consumo básico de las personas. La bencina no es un lujo: es transporte, trabajo, logística, alimentos. Cada peso adicional impacta en toda la economía. Sin embargo, en lugar de reducir su tamaño cuando bajan los ingresos, el Estado ajusta mecanismos como el MEPCO para seguir recaudando.

El combustible no es caro por casualidad, es caro por diseño.

La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿por qué el ajuste siempre recae en el ciudadano y no en el aparato estatal? Mientras los precios suben, no vemos una reducción proporcional del gasto público ni del tamaño del Estado.

Al final, cada vez que cargas combustible, no solo estás pagando energía: estás financiando un sistema que se asegura de nunca perder. Y eso, más que estabilización, es control.

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